02 agosto 2011

Un año

Lo recuerdo perfectamente: era la primera mañana en la que tenía que ir a clase de holandés en Utrecht. Mi residencia estaba algo a las afueras y había que pillar un bus. Y llovía.

Cuando sonó el despertador, por primera vez desde que había decidido tiempo atrás decir Sí a toda la experiencia holandesa, me entraron dudas. ¿Qué hacía un 2 de Agosto madrugando para ir a clases de holandés?, ¿qué hacía un tío de 31 años en una residencia de estudiantes holandeses preparándose para un Erasmus?, ¿merecería la pena?.

Me dió algo de miedo. Quizás fue por madrugar, que llovía y estaba frío y pensé que sería así siempre. Quizás porque no conocía nada de aquello y no tuve buena sensación cuando llegué a la planta de mi residencia y todavía estaba adornada con cosas de la reciente final del mundial.

El caso es que hace justo un mes también que he vuelto. Que he acabado mi etapa universitaria y mucho me temo que mi vida holandesa. Después de 11 meses viviendo allí al menos tengo el consuelo de haberle pillado el gusto a andar en bici por aquí.

Echo de menos aquel canguelo matinal. Aquella incertidumbre antes de irme de "a ver qué pasa". La experiencia no me ha cambiado casi en nada: conocer de cerca realidades de otros países, practicar mil idiomas, una mirada crítica a todo lo mío, algunos clichés tirados abajo... pero no gran cosa. Supongo que era porque tenía claro que mi sitio este año estaba fuera.

Dentro, mientras tanto, han cambiado bastantes cosas. Y a esta edad uno ve los cambios con escepticismo. Esa estúpida idea de que todo seguirá igual, como una habitación cerrada esperando a que vuelvas para abrirla. El mundo y las vidas de los otros también siguen dando vueltas, aunque la distancia no permita verlas en primera persona.

Y es cuando siento ese cierto mareo que da no saber cuando dejaré de dar vueltas y por fin, asentarme.