Ha llegado el frío. Se supone que la olimpiada segoviana me debería haber servido para no sorprenderme cuando el termómetro dicta sentencia a la baja, pero el factor añadido aquí arriba es la humedad. Marcando 4ºC y una humedad del 85%, la sensación térmica con algo de viento de ese que sopla por todas direcciones se traduce en -2º.
Total, que tengo anginas. Siendo mediados de octubre, nos estamos animando todos bastante los unos a los otros y preparando psicológicamente. Promete.
La calidez se va buscando por otros derroteros. Estaba en el aire en mi anterior post lo difícil que resulta encontrar gente afín a uno, o al menos gente con la que aun estando en silencio te haga compañía. Es parte del juego buscar esas personas para hacer de la experiencia algo más enriquecedor: qué mejor que disfrutar la oportunidad erasmus rodeado de gente con la que tienes eso que en los 90 se llamaba "feeling" y que seguro que ahora los coachings y el 2.0 llamará otra cosa, tipo "conectividad".
Cuando llegas a esta residencia, te asignan una cocina con una nevera para guardar tus cosas. Hay una decena repartidas por todo el edificio y te dan la más cercana a tu habitación. En mi caso me queda bastante lejos de todas maneras, por eso mi empeño en ponerme microondas, tostadora y nevera. Solo me falta esta última, aunque lo han prohibido para evitar sobrecargar la red.
En mi cocina nunca he tenido feeling, y eso que estamos asignadas unas 30 personas allí. Los primeros días comía sólo porque apenas había nadie. Es una cocina enorme y la sensación de soledad pesaba como una losa. Quizás ahí ya le cogí tirria. Pero cuando comenzó a llegar la gente no encontré mi onda. Hay un grupo de francófonos grande, el inevitable grupito asiático y restos de serie de otros lugares, entre ellos el líder que es un rumano waterpolista que no soporto.
Así que decidí a las tres semanas cambiarme de cocina. Está en el piso de abajo, ambiente internacional, españoles con ganas de hablar con no españoles, y nadie me dice que no es mi cocina, sino que desde el principio me acogieron genial. Cada 15 días hacemos una cena temática, empezamos los españoles, siguieron los chinos... Resulta algo perezoso bajar las cosas hasta allí, pero compensa saber que habrá alguien para quién no le resultarás extraño y te dará conversación.
Merece la pena cambiar de tiesto cuando aquello no da para más.
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18 octubre 2010
29 agosto 2010
Crónica de la llegada a Groningen
El tren de Utrecht a Groningen solo tiene 3 vagones, uno de primera clase y dos de segunda. Apenas hace un par de paradas en todo el trayecto, que dura algo menos de dos horas. Miguel, un chico de Tenerife que hizo el EILC, nos comentó que en el Albert Heijn (los Supercor holandeses) tenían promoción de billetes de tren para un día por todo el país por 13.50€, ahorrando algo menos de diez euros en el caso del billete simple a Groningen.
El tren es tras la bicicleta, el transporte más útil en Holanda. El relieve favorece la construcción de vias para ambos por todas partes. El paisaje en esta parte del norte es monótono: granjas, cultivos y animales. Aderezado de un verde diferente al asturiano pero suficientemente verde como para sentir una cierta morriña al compás de los vagones rápidos.
Uno se sitúa rápido al llegar a Groningen: está más frío. No he traido ropa de invierno y creo que tendré que comprar algo de abrigo en estos veintipico días antes de volver a Gijón a celebrar la boda de mis amigos.
Es una ciudad pequeña, llena de bares, restaurantes y coffee shops. Se nota que 30.000 de sus 185.000 habitantes son estudiantes de las dos universidades que hay aquí. Hoy celebran el día de su liberación de los españoles y hay ambiente de fiesta con sus carruseles o caballitos, como decimos en Asturias, tómbolas, montañas rusas, casas del terror, puestos de nubes de azúcar... entre tanta atracción, me fijé que lo de los coches de choque es universal, lo de que los más malotes del lugar están al pie de la pista. Aquí también.
Ana y yo hemos tenido que pasar la primera noche en un hostel, el Bud Gett , todo un acierto por precio (60€ una habitación para dos en litera, con baño y ducha dentro, internet wifi y tv de plasma) y por diseño. Imitando a Mondrian, lo cual ya le hizo ganar mis favores totalmente y un personal encantador.
Y esta mañana nos hemos separado para ir cada uno a su residencia. En mi caso la Winschoterdiep. Es enorme, son cuatro módulos cuadrados de un antiguo edificio de oficinas reconvertido hace 3 años en residencia universitaria. Solo el hall de entrada impresiona. Me recibieron con un snack mientras esperaba a mi Student Manager, Boris Becker, como el tenista.
Es un alemán de veintimuchos, de humor algo vacilón y que chapurrea español por haber estado en México. En total hay 4 Student Managers.
Mi habitación la C133 está en el segundo piso, afortunadamente cerca del WC y la lavandería - gratuita - desafortunadamente lejos de las duchas y la cocina (me voy a comprar un microondas, por las mañanas no estaré de humor para recorrer los 50m de pasillo hasta poder tomar un café y que alguien oriental de sempiterna sonrisa me venga a alegrar el cabreo mañanero).
Es una habitación grande, de unos 20m2 con mesa, dos estanterias, un armario, silla y flexo. Fui de los primeros en llegar y aproveché para agenciarme objetos dejados por antiguos habitantes y que los Student Managers habían colocado en las zonas comunes: papelera, tendedero, perchas, detergente y un jarroncito con tres bambús de la suerte . Tengo espacio y tiempo para hacerla más agradable.
Por la noche nos convocaron a las 21h a todos los que habíamos llegado hoy para proyectar las normas básicas de la residencia. Probablemente porque apenas somos 90 personas (de las 340 que caben) se respiraba por los pasillos total tranquilidad y ojalá que siga así.
Me he perdido 4 veces y en dos he pasado miedo porque los pasillos son larguísimos y llenos de habitaciones cerradas. Me llega a salir un niño en triciclo y me convierto en el cuarto vagón del tren a Groningen.
En el próximo capítulo contaré la compra de mi bicicleta y mi visita a la residencia de Ana.
El tren es tras la bicicleta, el transporte más útil en Holanda. El relieve favorece la construcción de vias para ambos por todas partes. El paisaje en esta parte del norte es monótono: granjas, cultivos y animales. Aderezado de un verde diferente al asturiano pero suficientemente verde como para sentir una cierta morriña al compás de los vagones rápidos.
Uno se sitúa rápido al llegar a Groningen: está más frío. No he traido ropa de invierno y creo que tendré que comprar algo de abrigo en estos veintipico días antes de volver a Gijón a celebrar la boda de mis amigos.
Es una ciudad pequeña, llena de bares, restaurantes y coffee shops. Se nota que 30.000 de sus 185.000 habitantes son estudiantes de las dos universidades que hay aquí. Hoy celebran el día de su liberación de los españoles y hay ambiente de fiesta con sus carruseles o caballitos, como decimos en Asturias, tómbolas, montañas rusas, casas del terror, puestos de nubes de azúcar... entre tanta atracción, me fijé que lo de los coches de choque es universal, lo de que los más malotes del lugar están al pie de la pista. Aquí también.
Ana y yo hemos tenido que pasar la primera noche en un hostel, el Bud Gett , todo un acierto por precio (60€ una habitación para dos en litera, con baño y ducha dentro, internet wifi y tv de plasma) y por diseño. Imitando a Mondrian, lo cual ya le hizo ganar mis favores totalmente y un personal encantador.
Y esta mañana nos hemos separado para ir cada uno a su residencia. En mi caso la Winschoterdiep. Es enorme, son cuatro módulos cuadrados de un antiguo edificio de oficinas reconvertido hace 3 años en residencia universitaria. Solo el hall de entrada impresiona. Me recibieron con un snack mientras esperaba a mi Student Manager, Boris Becker, como el tenista.
Es un alemán de veintimuchos, de humor algo vacilón y que chapurrea español por haber estado en México. En total hay 4 Student Managers.
Mi habitación la C133 está en el segundo piso, afortunadamente cerca del WC y la lavandería - gratuita - desafortunadamente lejos de las duchas y la cocina (me voy a comprar un microondas, por las mañanas no estaré de humor para recorrer los 50m de pasillo hasta poder tomar un café y que alguien oriental de sempiterna sonrisa me venga a alegrar el cabreo mañanero).
Es una habitación grande, de unos 20m2 con mesa, dos estanterias, un armario, silla y flexo. Fui de los primeros en llegar y aproveché para agenciarme objetos dejados por antiguos habitantes y que los Student Managers habían colocado en las zonas comunes: papelera, tendedero, perchas, detergente y un jarroncito con tres bambús de la suerte . Tengo espacio y tiempo para hacerla más agradable.
Por la noche nos convocaron a las 21h a todos los que habíamos llegado hoy para proyectar las normas básicas de la residencia. Probablemente porque apenas somos 90 personas (de las 340 que caben) se respiraba por los pasillos total tranquilidad y ojalá que siga así.
Me he perdido 4 veces y en dos he pasado miedo porque los pasillos son larguísimos y llenos de habitaciones cerradas. Me llega a salir un niño en triciclo y me convierto en el cuarto vagón del tren a Groningen.
En el próximo capítulo contaré la compra de mi bicicleta y mi visita a la residencia de Ana.
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