Siempre me he dejado sorprender por mis decisiones, aunque parezca que me gusta llevar las cosas muy atadas para evitar las sorpresas. Y hace un año, cuando sabía que me venía a Holanda con la beca, no me podía imaginar que haría el día de mi cumpleaños. Aquel día en el que cumpliría 32 años y en el que llevo pensando desde que en 2006 me fui de Gijón a una cierta edad y se me hacía un muro saber que hasta no llegar a este número con forma de cuenta atrás no terminaría esta aventura universitaria.
Y estoy aquí, cumpliendo un sueño. Como suena. Una semana emocionado, como un niño, sonriendo, feliz, incapaz de expresar que significa esto para mí. Por debajo de la fibra sensible, en la primera capa de racionalidad que se puede encontrar estos días en mí descubro que en el fondo sé que es un fin de etapa para muchas cosas. He cubierto expectativas ajenas, he materializado sueños propios y he vivido una prórroga juvenil. Me siento muy satisfecho de haber seguido mi camino y no me arrepiento de no disfrutar de la estabilidad social, económica o emocional de la mayoría de los amigos de mi edad.
Y en todo esto, ahora, no muy lejos, veo el fin de un libro. Y otro por abrir ahí al lado, y no tengo ni la más remota idea de qué trata. Porque me gusta sorprenderme por mis decisiones.
Hoy, catorce de mayo, es mi día y lo es porque muchos de los que me quieren saben que lo es por algo más que una fecha de nacimiento. Muchísimas gracias por ese cariño, sinceridad, lealtad, apoyo y cercanía. No sé qué pasará a partir del 28 de junio, cuando mi experiencia holandesa finalice. Pero tengo la suerte de que tendré a quién contárselo.
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